Los diálogos en literatura
Una imagen vale más que mil palabras… ¿Mil palabras? Son quizá demasiadas para contar lo que una imagen es capaz de mostrarnos. De hecho, nos es más comprensible si nos explican la imagen con palabras en un pie de foto, porque, por buena que sea la imagen, es difícil que nos informe más que lo que nos pueden decir mil palabras.
Las palabras, enlazadas en frases y éstas en párrafos, son de una elasticidad sorprendente. Tanto, que, a partir de una imagen, cualquier escritor puede elaborar un texto con cien mil palabras, e incluso más, considerando la imagen, de esta manera, como un mero punto de partida.
No obstante, no se puede negar el poder de sugestión de la imagen, sobre todo si se compara con un texto demasiado explícito. Esto no quiere decir que la comunicación escrita no pueda sugerir al lector, además de mil imágenes, otros tantos sentimientos y, además, pensamientos. En esto consiste aprender a ser escritor, en expresarse con claridad, en comunicar al lector un mundo de sensaciones que ni una sola imagen puede igualar, dado que una fotografía puede sugerirnos belleza, afectación, asco o amor, pero “nunca” en diferentes tiempos.
Por ello, en la lección de hoy vamos a analizar las dosis de información que les ofrecemos a los lectores de nuestras historias. Voltaire dijo: “Si quieres ser un pelmazo, cuéntalo todo”. Y así es, podemos contar muchas cosas, pero nunca (al menos no es recomendable) como si estuviéramos dando fe de un hecho en un acta notarial. Es imprescindible que el lector se inmiscuya en la historia que narramos, no sólo porque sienta apego por ella, sino porque además se haga partícipe de ella. De este modo, lo que sucede en nuestra historia y cómo sucede se contagia en el que lo está leyendo.
Esta norma sirve para todo: para las descripciones, para los diálogos e incluso para los resúmenes. Si decimos que a un personaje, Pedro, por ejemplo, no le gusta salir a la calle porque muchas veces no puede pasar entre dos coches estacionados, porque siente vergüenza en los ascensores pequeños y porque le da corte comerse un gran helado en una terraza, estaremos dando mucha más información que si decimos, simplemente, que pesaba 154 kilos (No me estoy refiriendo a cantidad de palabras, sino a la cantidad de información). Es preferible escribir acerca de las consecuencias, antes que del adjetivo aislado. De esta manera, situamos al personaje en su mundo, directamente, y el lector observa a Pedro mucho mejor que si decimos cuánto pesa. Impresionará más ver esa tremenda mole humana sobre una balanza; así, de nuestro talento a la hora de encontrar situaciones límite depende que el lector prefiera nuestros escritos a ver una película en la que el obeso destroza todas las balanzas con las que se cruza.
Exactamente lo mismo sucede en los diálogos. Podemos escribir, en una conversación telefónica:
Hola, ¿está Jaime? Sí, soy yo, ¿quién eres? Vero. ¡Ostras, perdona, no te había reconocido! Hacía tiempo que no sabía de ti y me he dicho, voy a llamarlo. Ah, pues muy bien; pues nada, todo va bien, todo igual. Oye, ¿vas a ir a la fiesta de Jorge? ¡Uf!, no; ¿sabes qué pasa Vero?, que Jorge no me cae muy bien. Pues que lástima, me habría gustado verte para pasar un rato charlando. Bueno, ya lo estamos haciendo. Sí, ¿y qué me cuentas? Pues nada, todo igual.
O bien dejar para el narrador, o para el olvido, las acciones más triviales, escribiendo, por ejemplo:
Vero llamó por teléfono a Jaime para saber si acudiría a la fiesta de Jorge, pero éste, distante, le dijo que no porque no le caía bien el anfitrión.
Básicamente, hemos proporcionado al lector la misma información en uno y otro caso. Los diálogos hay que emplearlos en el momento adecuado. Deben ser contundentes. Y a menudo lo son, porque si bien el narrador no puede mentir, nunca, son los personajes los que, con sus creencias y diálogos, pueden hacer de un acto sin importancia el motivo de una nueva Guerra Mundial.



