O las musas de Miguel de Cervantes

Cuando Miguel de Cervantes terminó de escribir la primera parte de El Quijote, reconoció en su prólogo que las musas le habían sido propicias a pesar de las adversas circunstancias en que había engendrado la historia de don Alonso Quijano. Pero quiso expresar dicho reconocimiento con una ironía disfrazada de modestia, disculpándose ante los lectores por haber concebido “un hijo feo y sin gracia alguna” y achacando este hecho a dos razones: La primera, la imposibilidad de contravenir el orden natural, según el cual “cada cosa engendra su semejante”; y la segunda, las condiciones tan poco propicias para que las musas se hicieran presentes durante la gestación de su obra, en una incómoda y ruidosa prisión.

Pero más adelante dice que no siempre las musas se hacen presentes, “a pesar de permanecer durante largos ratos con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando en lo que harían las traviesas deidades que no acababan de decidirse.

En la mitología griega, las Musas eran consideradas protectoras e inspiradoras de toda forma de arte y de cualquier tipo de inteligencia. Siempre se les ha relacionado con el fenómeno de la inspiración artística en el ser humano. Pero este fenómeno aún es un misterio…

(“Cuando llegan las musas” de Raúl Cremades y Ángel Esteban).

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