Category: Aprende a escribir

Redactar bien. Introducción a la Unidad sobre la Redacción

Cuando un lector entra en una historia hace lo mismo que un pasajero en un automóvil. El escritor debe conducir de tal manera que el pasajero se encuentre cómodo en el asiento, es decir, la concatenación de las palabras debe ser armónica. Si encuentro una errata y luego otra y luego otra, no sé qué estoy leyendo. “Erratas”, así es como lo llamaría un escritor irresponsable. Debemos escribir correctamente, como mínimo. De esta manera es fácil mostrarle al pasajero-lector todo aquello que sucede tras la ventanilla, provocarle emociones dulces o incómodas, mostrarle un paisaje u otro, inducirle al frío o al calor. ¿Quiere que le baje la ventanilla, señor pasajero? Y conocer la respuesta sin que nos la diga (un lector nunca puede hablar con el escritor; este último debe adivinar siempre el sentimiento de su pasajero). Ofrecerle la brisa abierta del mar en su cara con la ventanilla medio bajada o abofetearle con un subidón de aire procedente del Sahara más encendido…

La redacción es el vehículo material con el que transportamos nuestras ideas y/o nuestras fantasías a la mente de los lectores. Si estos se encuentran cómodos, seguirán leyendo todo aquello que queramos contarles.

Por ello es importantísimo no cometer ni un solo fallo ortográfico. Nuestra personalidad y nuestro estilo como escritores se reflejará en nuestra manera de redactar. Podemos colocar una coma en vez de un punto, o una mayúscula detrás de una coma, pero si somos descuidados y llevamos a cabo experimentos que no entiende el lector, o si somos perezosos y dejamos de poner los signos de interrogación al principio, por ejemplo, es inútil que queramos seguir escribiendo para los demás.

Las palabras, aún siendo leídas, llevan implícito un rigor musical cuando se casan. Frases cortas. O frases con una casi innumerable ristra de palabras que cortan la respiración hasta a un corredor de maratón que practicara dos horas diarias con hinchamientos pulmonares de índole pseudopatológica y antinatural. Todo vale, si se emplea con atino.

Sin embargo, existen varios vicios, sobre todo en los escritores noveles, que dan al traste con cualquier buena idea que pueda concebir el autor.

El vicio más usual es la cacofonía. Consiste en la repetición continuada de una terminación que en principio nos hace ilusión, porque parece que estamos haciendo poesía regando inspiración entre la prosa, pero lejos de conseguir tal función, la fruición nos deja con una recampaneante repetición en la cabeza que causa mortificación antes que relajación. Si persigues comicidad en la redacción, aquí dispones una herramienta.

Repetición de palabras poco usuales. Arcaísmos, cultismos y neologismos rompen a veces el contexto general con que acostumbramos a deletrear o manuscribir. ¿Te has dado cuenta verdad? ¿Qué me lleva a escribir estas dos palabras, “deletrear” y manuscribir”, en vez de “leer” y “escribir”? La pedantería. Estos cultismos o rebuscadas vanalidades rompen la naturalidad tan necesaria para la plena y silenciosa comunicación que debe haber entre el autor y el lector. Si en un mismo texto vuelvo a emplear manuscribir, el lector recordará esta palabra tan característica expresada en el mismo texto anteriormente y se convertirá en una invitación a saltar a una parte anterior del texto o a salir de la historia que contamos definitivamente. El escritor comunica una historia, sentimientos, emociones; si el lector debe detenerse porque no hemos colocado una tilde, o hemos colocado una coma incómoda, sale de la historia, se pierde la comunicación entre ambos.

Estos vicios, la cacofonía y la reiteración de palabras poco usuales, se basan en lo mismo, en repetir. Es decir, en dejarnos llevar por la pereza a la hora de buscar un vocablo sinónimo que rompa la monotonía de la repetición.

La repetición, sin embargo, se utiliza como recurso útil en la aliteración, por ejemplo. Consiste en la reincidencia del mismo fonema, sobre todo consonántico, en una frase. Contribuye a la estructura o expresividad del verso, y, por supuesto, también de la prosa. Un ejemplo, de Rubén Darío:

Con el ala aleve del leve abanico.

El autor de este verso utiliza la aliteración para realzar la expresividad, de tal manera que procura hacernos sentir el movimiento del abanico y la suave brisa provocada por él gracias a la construcción lingüística.

En definitiva, los apareamientos y repeticiones de sonidos suelen perjudicar la calidad del texto, ya que desvían la atención del lector. Sin embargo, pueden utilizarse si su uso es inteligente y premeditado.

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La enumeración narrativa y poética

Enumeración: Figura que consiste en enumerar o referir rápida y animadamente varias ideas o distintas partes de un concepto o pensamiento general.

Cuando alguien, en un momento determinado, hincha con aire los pulmones para enumerar… lo que sea, los pros y los contras de una cuestión, los defectos de Mengano o los atributos de Futano, da la impresión de que lo domina todo. Y es que la capacidad de comprender un asunto desde una óptica cenital, le da a uno, además de diversión y musicalidad al texto, cierta dosis de credibilidad.

El uso de este recurso retórico se da en literatura más de lo que uno puede imaginar. Los narradores nos pasamos la vida enumerando: adjetivos en las descripciones, acciones, hechos pasados y posibilidades futuras. No vamos a decir que narrar es enumerar, pero sí podemos afirmar que narración y enumeración son parientes muy cercanos. De hecho, “contar” algo puede referirse a hacer cuentas como a relatar cuentos.

La literatura, al final de cuentas, es una larga enumeración. El famoso catálogo de las naves del segundo canto de la Iliada enumera los pueblos que concurren a la guerra de Troya: “Los que venían de Argos… Los que venían de Micenas… Los que venían de Lacedemonia… Los que venían de Pilos…” Por casi cuatrocientos hexámetros Homero hace el recuento de asaltantes y defensores de la ciudad. ¿Pero qué otra cosa es la Iliada en sí sino la prolongada enumeración de los incidentes de esa guerra?

Fernando Vallejo

Si la música enamora a las personas porque, según algunos, es la reinterpretación del ritmo cardiaco de nuestra madre cuando estamos en su vientre antes de nacer, también podemos defender que el ritmo de la enumeración nos proporciona el mismo “reencuentro uterino” en la literatura.

Así, la enumeración es la música de la narración. Uno, nos da placer; dos, nos divierte; tres nos mece de un asunto a otro.

Hace que al protagonista de nuestra historia le gusten, uno, las lentejas; dos, el chorizo; tres, los huevos revueltos. Y que deteste, uno: la paella congelada; dos: el gazpacho en tetra-bric; tres: la naranjada hecha con polvos.

Dinamismo, esto es enumerar.

Tomamos un todo y lo diseccionamos. Qué placer. Como el del médico ante un cuerpo abierto en canal. Mira, esto es el corazón, y esto el estómago, y esto el hígado, y esto de aquí el intestino grueso, y el delgado. No es lo mismo ver un cuerpo completo sobre una mesa; la visión global ya se la forma el lector en su cabecita pensante; nosotros le damos las partes, y él se las organiza para darle forma, su forma.

Bien, puestos a diseccionar, vamos a hacer lo propio con la enumeración. La hay de varios tipos. Sí, ya sabemos que las clasificaciones las organiza el diablo para que los jóvenes suspendan en los exámenes, pero en este caso al menos, vamos a ver diferentes maneras de enumerar, más que nada, para darnos cuenta de sus posibilidades…

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Un ejemplo de enumeración en poesía:

Gratitud

 

Gracias aroma

azul,

fogata

encelo.

Gracias pelo,

caballo

mandarino.

Gracias pudor

turquesa

embrujo

vela,

llamarada

quietud

azar

delirio.

Gracias a los racimos

a la tarde,

a la sed

al fervor

a las arrugas,

al silencio

a los senos

a la noche,

a la danza

a la lumbre

a la espesura.

Muchas gracias al humo

a los microbios,

al despertar

al cuerno

a la belleza,

a la esponja

a la duda

a la semilla,

a la sangre

a los toros

a la siesta.

Gracias por la ebriedad,

por la vagancia,

por el aire

la piel

las alamedas,

por el absurdo de hoy

y de mañana,

desazón

avidez

calma

alegría,

nostalgia

desamor

ceniza

llanto.

Gracias a lo que nace,

a lo que muere,

a las uñas

las alas

las hormigas,

los reflejos

el viento

el rompiente,

el olvido

los granos

la locura.

Muchas gracias gusano.

Gracias huevo.

Gracias fango,

sonido.

Gracias piedra.

Muchas gracias por todo.

Muchas gracias.

Oliverio Girondo,

agradecido.

La estructura de un relato

La estructura es lo que organiza, combina e interrelaciona los acontecimientos, las distintas partes del relato, para darles un determinado orden y, por lo tanto, un sentido.

La forma de contar una historia es más importante que la historia en sí misma. Realmente, poco nos queda por inventar en cuanto a argumentos. Nos interesa, sobre todo, el vehículo en el que subimos a nuestros lectores (la redacción), y cómo les enseñamos cosas que ya han visto antes (estructura). Sobre la redacción hablaremos en otro momento.

El enamoramiento entre dos personas, la casi muerte del héroe, el descubridor de tierras o de emociones… Está todo contado. Y lo curioso es que cualquiera de esas historias que ya conocemos nos vienen dadas con una estructura semejante: planteamiento, nudo y desenlace. ¡Cuántas veces lo hemos oído!

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Los diálogos en literatura

Una imagen vale más que mil palabras… ¿Mil palabras? Son quizá demasiadas para contar lo que una imagen es capaz de mostrarnos. De hecho, nos es más comprensible si nos explican la imagen con palabras en un pie de foto, porque, por buena que sea la imagen, es difícil que nos informe más que lo que nos pueden decir mil palabras.

Las palabras, enlazadas en frases y éstas en párrafos, son de una elasticidad sorprendente. Tanto, que, a partir de una imagen, cualquier escritor puede elaborar un texto con cien mil palabras, e incluso más, considerando la imagen, de esta manera, como un mero punto de partida.

No obstante, no se puede negar el poder de sugestión de la imagen, sobre todo si se compara con un texto demasiado explícito. Esto no quiere decir que la comunicación escrita no pueda sugerir al lector, además de mil imágenes, otros tantos sentimientos y, además, pensamientos. En esto consiste aprender a ser escritor, en expresarse con claridad, en comunicar al lector un mundo de sensaciones que ni una sola imagen puede igualar, dado que una fotografía puede sugerirnos belleza, afectación, asco o amor, pero “nunca” en diferentes tiempos.

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O las musas de Miguel de Cervantes

Cuando Miguel de Cervantes terminó de escribir la primera parte de El Quijote, reconoció en su prólogo que las musas le habían sido propicias a pesar de las adversas circunstancias en que había engendrado la historia de don Alonso Quijano. Pero quiso expresar dicho reconocimiento con una ironía disfrazada de modestia, disculpándose ante los lectores por haber concebido “un hijo feo y sin gracia alguna” y achacando este hecho a dos razones: La primera, la imposibilidad de contravenir el orden natural, según el cual “cada cosa engendra su semejante”; y la segunda, las condiciones tan poco propicias para que las musas se hicieran presentes durante la gestación de su obra, en una incómoda y ruidosa prisión.

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Dansette